Natalia París en París

Nos fuimos con la espectacular modelo paisa a la Ciudad Luz para traer estas postales que usted nunca olvidará. Lo invitamos a hacer este recorrido como siempre lo soñó y a leer el relato de la Editora de Fotografía de SoHo con detalles de cómo se realizó esta misión (casi) imposible.


A la derecha, la avenida de los Campos Elíseos, con sus árboles perfectamente peluqueados, sube hasta el mismísimo Arco del Triunfo, que se ve diminuto al fondo. A la izquierda, los Jardines de las Tullerías, recién florecidos tras la llegada de la primavera, se enfilan hasta la pirámide del Museo del Louvre, que apenas se alcanza a ver al fondo. Es uno de los puntos más bonitos de Francia, del planeta. Todos en el equipo de fotografía y producción estamos absortos con el entorno. Todos, menos Natalia París, que no tiene tiempo para contemplar la vista. Ella vino a trabajar.

Natalia, la culpable de que hayamos recorrido medio mundo —más de diez horas de vuelo y 8500 kilómetros desde Bogotá— nos saca del letargo con un grito desde uno de los faroles encargados de alumbrar la inmensa Plaza de la Concordia, con sus fuentes y su obelisco egipcio. La modelo más importante de las últimas dos décadas en Colombia, símbolo sexual de al menos un par de generaciones, acaba de escalar uno de esos monumentos con caras talladas y baños de oro que hacen las veces de postes de energía en la Ciudad Luz y, acto seguido, se está quitando la camiseta para darnos una de las fotos más impresionantes que nos dejó esta travesía de traerla a posar con poca ropa —y sin nada encima— en los lugares más icónicos de la urbe que lleva como apellido.

Estamos nerviosos y agitados, como poseídos por esa adrenalina deliciosa que se siente cuando los planes trazados están saliendo bien. Basilio Silva, el talentoso fotógrafo que debuta para SoHo con esta tarea, dispara todas las imágenes que puede —y mientras puede— cuando una tanqueta de la policía se parquea justo al lado nuestro. 




Dos oficiales franceses con la cara dura que uno se imagina que tienen los oficiales franceses nos encaran. Quedamos mudos. El videógrafo Elliot Broue, uno de los dos locales del equipo —la otra es la maquilladora Alisonn Fetouaki—, los enfrenta e intercambia con ellos palabras inentendibles que, desde la ignorancia idiomática, suenan hostiles, insultantes. Y cuando ya nos imaginamos entre la tanqueta rumbo a una cárcel, cuando ya más o menos tenemos las manos estiradas para que nos pongan las esposas, los hombres se despiden amables. Nos llevamos una advertencia, eso sí: nada de desnudos con niños cerca, nada de entorpecer el tráfico, nada de escándalos en la calle.

La primera la cumplimos a cabalidad, siempre lo hacemos. La segunda y la tercera… no tanto. Puede que Natalia París no sea una celebridad en París, pero para el tráfico, en sentido literal, y claro que lo entorpece. Además, produce escándalos, obvio. En el Arco del Triunfo, por ejemplo, coincidimos con un tour de 50 japoneses armados con cámaras y palitos para selfies que se amontonan alrededor de ella en una lluvia de flashes; sobre el puente Alejandro III, con los majestuosos Grand Palais y Petit Palais de fondo, ella recibe una gran ovación de un grupo de universitarios que se agolpa a orillas del Sena para ver la sesión; y en otro puente, el de las Artes, toca interrumpir las fotos cada dos minutos para que pose con turistas y curiosos, que no paran de gritarle piropos en español, en inglés, en francés, en alemán, en chino…

Así, lo que empezó en las oficinas de SoHo como una idea prácticamente absurda, un juego de palabras, casi un chiste, terminó en una de las producciones más “locas” que hemos hecho desde que entré a trabajar a esta revista, hace diez años. Resulta tan estresante como delirante deambular por París con Natalia ídem, cubierta únicamente por una bata que solo se quita durante los segundos que duran las fotos. Pasamos por Trocadero, donde está la vista más privilegiada de la Torre Eiffel; por los jardines espectaculares del Campo de Marte; por las calles del barrio rojo de Pigalle, con su Moulin Rouge; por la Plaza del Louvre, que milagrosamente se desocupa al final de la tarde para hacer unas fotos muy tranquilas, con el atardecer morado y la emblemática pirámide de vidrio como parte de la escenografía; por el Museo de Orsay, por el metro, por los Campos Elíseos, por las orillas del Sena, por los típicos cafés de esquina…



Estamos enfocados en nuestra misión (casi) imposible, nada más importa: ni la policía, que está por todos lados desde el ataque a Charlie Hebdo; ni el estrés de tener que tomar una buena foto por locación, a veces en tres minutos; ni el clima (aunque el primer día está increíblemente amable para la época y la temperatura alcanza los 16 grados centígrados, el frío nos acosa el resto del tiempo, pues baja hasta los 2 o 3 grados); ni el susto pasajero que nos da cuando Natalia olvida su chaqueta ¡con el pasaporte! en un café; ni el dolor en los pies después de cinco estresantes jornadas que empiezan con la planeación de escenarios, rutas y vestuarios en la madrugada y terminan a medianoche con la planeación de escenarios, rutas y vestuarios del día siguiente…

Al final, el esfuerzo vale la pena. Al final, tenemos los Campos Elíseos a la derecha y las Tullerías a la izquierda. Al final, estamos con Natalia París en la ciudad que lleva como apellido. Al final, vinimos fue a trabajar, a sacar adelante un proyecto “absurdo”… ¡y lo logramos! 


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15 Imágenes Photo Shoot Natalia Paris Revista Soho

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